-Una película que une géneros, razas y religiones en un entrañable despliegue de odio sabio y justificado. Solo apta para idiotas, sádicos, cinéfagos de profesión y coprófagos diagnosticados.
-Lo mejor: El guardaespaldas interpretado por Max Martini, le llaman por el nombre mientras le enfoca la cámara y con eso iguala el dibujo del resto de personajes. Y la suicida, la menos tarada de todos.
De nuevo mis obligaciones me conducen a un lugar recóndito y peligroso para que me trague el último rollo machista, plano, materialista y para colmo aburrido del que me toca escribir. Ya tuve la desdicha de ver y “dar rienda suelta a mis groserías” sobre la primera entrega de esta serie de adaptaciones de los abortos eróticos surgidos de la podrida mente de E.L. James. En esta secuela (válidos ambos significados), la cineasta Sam Taylor-Johnson abandona -por su propio bien- la silla de dirección y es sustituida por un irreconocible James Foley (Confidence), quizás su gemelo malvado. El nuevo guionista se llama Niall Leonard, un mal guionista de televisión que aquí da vueltas de tuerca a su trabajo previo. Bien, las siguientes líneas serán un lugar enfocado hacia el respeto humano y la salud mental con el protagonismo de todas las agresiones textuales que se me vayan ocurriendo hasta que me canse. Entiéndase que me refiero a mi salud mental y en relación al respeto humano, bueno, probablemente mi compañero el Dr. Orloff podría explicarlo mejor. Por si acaso absténganse de seguir leyendo fans de esta chorrada o personas sensibles. Vamos allá.