-Como cada año, tenemos cita obligada con un cineasta único. Y aunque haya dejado atrás su época dorada, sus películas siguen siendo un lugar en el que reír, desear, apenarse, reflexionar y quedar hechizado por unas sensaciones y sentimientos que parecen de otro mundo anterior; no siempre más fácil, pero sí más romántico.
-Una historia sobre los golpes de la vida y el amor, sobre la madurez y los desencantos; ensalzada por un trío de actores maravillosos y el extraordinario trabajo de Vittorio Storaro.
Como pasa con otros maestros entrados en años, mucha gente cree que el octogenario Woody Allen debería haberse retirado hace muchos años, lo que viene a significar hace muchas películas. Como viene a ser habitual yo creo lo contrario. No niego que en los últimos años Allen sólo me ha cautivado con un par de películas, e incluso algunas de ellas lo hicieron a raíz de una nostalgia provocada por la entrañable revisión de temas habituales en la obra del cineasta. Pero no podría soportar haberme perdido “Blue Jasmine” y tampoco algunas escenas monumentales de la infravalorada “Irrational Man”. Así pues, este año vuelvo al cine -algo tarde- a ver lo útimo de Woody Allen, que en esta ocasión nos lleva hasta la meca del cine en la época que más le ha influido como cineasta: los luminosos y caóticos años 30. La banda sonora vuelve a estar plagada de jazz y no podría estar mejor seleccionada, en la fotografía está un maestro de la talla de Vittorio Storaro (“Ultimo tango a Parigi”) y en cuanto al reparto, lo forman un buen número de nombres atractivos entre los que se encuentran: Jesse Eisenberg, Kristen Stewart, Steve Carell, Blake Lively, Parker Posey y Corey Stoll. Ahora paso directamente a contaros qué nos ha traído en este horrible verano el genio neoyorquino.