-Tiene espectaculares batallas espaciales, poderosas coreografías, auténtico espíritu aventurero, encantador humor familiar, extraños bichejos alienígenas y una palpitante dimensión emocional. Ésto es Star Wars.
-Quédense hasta el final, nuestra princesa se lo merece.
Hoy es el día, tras dos años de espera llega a la cartelera el episodio VIII de Star Wars. A partir de ahora podremos observar a variadas legiones de supuestos fans que acribillarán la película de Rian Johnson arguyendo la "infantilización" del producto por parte de Disney. Lo hicieron también con The Force Awakens, esa polémica fotocopia (solo en su estructura) del episodio IV con la que Abrams entreabrió caminos muy apetecibles mientras nos llevaba hacia delante con un ritmo digno de los mejores maestros. El mismo público que pedía riesgos entonces, quedó hechizado un año después por la convencional Rogue One, una solvente precuela de acertado tono bélico que estaba más atada si cabe a la trilogía original que el episodio VII. Bien, ahora es el turno de Rian Johnson, y ha cometido un error muy grave, se le ha ocurrido arriesgar. El motivo de mi ironía está en la reacción de los fans, que ahora se llevan las manos a la cabeza por lo que decían querer hace dos años. Sea como fuere, la realidad es que Johnson ha cogido el testigo de Abrams quitando con determinación todo aquello que no le gustaba y rellenando el lienzo en blanco con ideas propias y elementos que le apetecía ver en una película de Star Wars. El director ha jugado magistralmente con la mitología y con el fandom para hacer feliz a su niño interior, que décadas atrás soñaba con surcar las estrellas a la velocidad de la luz. Ya dijo Luke en el trailer que ésto no iría de la forma que esperábamos.