jueves, 24 de octubre de 2019

Crítica de “Zombieland: Mata y remata”

Quién diría que ya han pasado diez años desde que pisamos Zombieland por primera vez. Por entonces Emma Stone aún no había conquistado Hollywood y el nombre de Jesse Eisenberg tan solo empezaba a sonar en el cine independiente gracias a Adventureland. Fue una sorpresa en toda regla, otra película de zombies en un momento en el que el género ya estaba bastante sobrecargado que por arte de magia funcionó a las mil maravillas. Su falta de pretensiones heredada de la mejor serie B, la palpable química del excelente reparto y su oportuna mezcla de mala leche, contagiosa irreverencia y accesible corazoncito conquistó a más espectadores de los que desencantó. Se trataba de un placer culpable muy bien planteado y ejecutado, con una fantástica coreografía que derrochaba estilo mientras equilibraba las dosis de comedia con la carnicería “romeresca”. Fue, sencilla y llanamente, un gratificante soplo de aire fresco. También fue la ópera prima de Ruben Fleischer, encargado de perpetrar la peor comedia romántico-sadomasoquista del año pasado (Venom). Es más, no ha hecho ninguna buena película desde aquel apocalipsis zombie, y tal vez por eso regresa con esta secuela tardía. Un “double tap” que llega con el género más agotado y moribundo que nunca. Y lamento decirles que no es un regreso en plena forma.

Era de esperar que el efecto sorpresa se desvaneciera por razones obvias, especialmente si tenemos en cuenta que el género se ha diversificado mucho desde 2009, por instinto de supervivencia. Desde las películas que mantienen un carácter más clásico, cercano al cine de Romero, como Train to Busan, hasta melodramas indie con Schwarzenegger llorando (Maggie) pasando por propuestas más existenciales (La nuit a dévoré le monde), pedagógicas (The Girl with All the Gifts) y “jarmuschianas” (The Dead Don't Die). Ante este panorama zombificado en busca de una identidad propia y distintiva que logre atraer al público, decepciona enormemente la absoluta carencia de frescura de esta secuela, que prácticamente comienza dando las gracias por habernos dejado el dinero en un zombi innecesario de segunda fila. El guion, muy previsible y poco original, tan solo ofrece una repetición perezosa de lo que vimos en la primera parte, con la diferencia de que todo luce menos. No negaré que se puede disfrutar de lo que vuelve a ofrecernos Zombieland, con el piloto automático y un nivel de resignación digno del fin del mundo, pero aún así la comedia es cómoda y poco inspirada, mientras que la acción nunca logra funcionar, no digamos ya compararse con la eufórica brillantez de sus grandes éxitos. Otro problema es el intento del guion de introducir unos conflictos dramáticos que en última instancia quedan desaprovechados, dejando el libreto anclado cómodamente en los homenajes torpes y un uso del recurso de plantar y recoger (planting/pay off) que parece de principiantes. Tampoco convencen los nuevos personajes.

Queda por lo tanto disfrutar de un cuarteto de grandes actores que se divierte parodiándose sin esfuerzo alguno por levantar la cinta de su agonizante condición; y también una escena post-créditos que es de largo lo mejor de la película. Es una pena que se esté hablando ya de una posible tercera entrega, de crossovers con Deadpool y otras ideas descabelladas que mantengan la sangre fluyendo por un organismo que ya no funciona, empeñado en repetir una fórmula agotada. No hay nada de malo en dejar morir una franquicia incapaz de adaptarse a su entorno, ni tampoco en obligar a Ruben Fleischer a tomar una necesaria jornada de meditación. Esta secuela es como un chicle que se ha quedado sin sabor, y que empieza a asemejarse más a un plástico artificial que a la apetecible golosina que una vez nos encandiló.


Alejandro Arranz

No hay comentarios :

Publicar un comentario