miércoles, 14 de febrero de 2018

Crítica de “El hilo invisible”

-No creo que haya nada semejante en todo el cine de 2017.

-Si Day-Lewis se retira con ésto, puede irse en paz. Se merece su cuarto Oscar.

A estas alturas no cabe la menor duda de que Paul Thomas Anderson es uno de los mejores y más personales cineastas de la actualidad. La evolución de su filmografía es orgánica, fascinante e intachable. Con su última obra me ha vuelto a trastocar, y me he convertido de repente en un personaje contradictorio. Hacía tiempo que no tenía tantas ganas de hablar largo y tendido sobre una película, de destripar cada fibra de su ser, y al mismo tiempo una conciencia tan clara de que hacerlo sería despreciable. Eso convierte las líneas siguientes en un trabajo harto complejo de realizar. Pero no se alarmen, a pesar de las barreras deontológicas intentaré que cada palabra y cada espacio sean significativos, como Woodcock al concebir cada hilo de sus vestidos o Thomas Anderson al disponer cada material de su espléndida película.

El clasicismo y la renovación siempre han sido dos opuestos complementarios en el cine de Anderson. En Phantom Thread todo va de opuestos complementarios. Ambición frente a constricción, niñez frente a vejez, constancia frente a novedad, palabra frente a silencio, dureza frente a fragilidad, apariencia frente a verdad, unión frente a distancia, belleza frente a maldición, etc. El cineasta plantea su misterio con formas de melodrama de época, para más tarde desafiarnos en cada escena, cada mirada y cada encuadre, caldeando el ambiente a fuego lento, con exquisita delicadeza, hasta lograr una ardiente tensión claustrofóbica de thriller psicológico, con inesperadas punzadas de comedia negra. Todo resulta clave en este juego en el que la impresionante composición musical de Jonny Greenwood da el contraste a las imágenes del cineasta (que ha colaborado en la fotografía), cuya cámara se posiciona estratégicamente para encerrar a sus tres personajes: Reynolds, Alma y Cyril. Tres criaturas psicológicamente complejas y sin duda diferentes, en especial los dos primeros, contradictorios pero necesitados mutuamente para completarse. El trío interpretativo es fabuloso, y es difícil elegir entre el gigantesco trabajo de Day-Lewis y la imponente transmutación que Vicky Krieps realiza con su personaje. Queda mencionar el guion del propio director, tejido con maestría, sutil, minucioso, repleto de capas y con un don para que cada diálogo, al igual que cada ausencia del mismo, sea necesario y revelador.

Al igual que el método de Day-Lewis para construir a sus personajes se fusiona a la perfección con el modo en el que Woodcock da forma a sus creaciones, Paul Thomas Anderson y su película conversan de principio a fin, y discuten además con las propias formas cinematográficas. Se observa de este modo algo más grande que la historia que se nos cuenta, magnífica de por si. "Phantom Thread" es una obra mayúscula, perfectamente ensamblada, virtuosa como pocas y con puntuales problemas de ritmo como mayor inconveniente. Es otro juego de espejos, otro laberinto psicológico, otra lección de cine, otro misterio falsamente encorsetado que se revela inquietantemente transgresor. Una película de aliento singular, exquisita delicadeza y lirismo espectral, que uno devora con obsesión y que, a posteriori, trasciende.


Alejandro Arranz

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