sábado, 23 de septiembre de 2017

Crítica de “Kingsman: The Golden Circle”

-Donde antes había originalidad, frescura, ingenio y diversión comiquera; ahora hay empache e indigestión. Es, como dirían los Statesman, una secuela de garrafón.

-Sigue siendo más divertida que las películas de Bond, pero solo que las de Brosnan, Lazenby y la horrenda Moonraker.

Sí, también me gusta mucho el cine de Matthew Vaughn, es un cineasta con el que me encantaría irme de fiesta. Desde Layer Cake me han entusiasmado todos sus trabajos, porque ha sabido mostrarnos su mala leche a través de su talento para el manejo del humor negro. Pero lo más importante es que además de acción sorprendente y chistes groseros de calidad, sus filmes siempre tenían algo que decir. Ahora que regresa al universo Kingsman, realiza la primera secuela de su carrera como director, algo curioso teniendo en cuenta que la mitad de sus películas obtuvieron al menos una secuela. En el guion repiten él mismo y Jane Goldman (El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares) y con la globalización del conflicto fuera de los barrios urbanos de Londres, también se extiende el reparto con añadidos de la talla de: Julianne Moore, Halle Berry, Pedro Pascal, Channing Tatum, Jeff Bridges y Bruce Greenwood -entre otros-. Ahora veamos si la propuesta merece que vayamos a la cita con nuestro mejor atuendo a medida o si sería mejor acudir con un alto porcentaje de alcohol en sangre.

Vaughn ha hecho su primera mala película como director. Un producto mediocre y sin ninguna capacidad de reinvención o sorpresa, que se conforma con entretener mediante la repetición de la fórmula, simplemente duplicando la cantidad (que no la calidad) de bromas, balas y excesos. En medio de todo el ruidoso caos, las sobreexplicaciones y un -ahora- impostado estilo cartoon lleno de CGI; se han perdido las virtudes esenciales que hicieron tan genial la cinta original. Véase por ejemplo aquella refrescante acidez, el chispeante desdoble de los clichés bondianos, el irresistible encanto pulp y en especial aquel mensaje repleto de autenticidad que nos decía que no importaba cual fuera nuestro acento o la calidad de nuestro esmoquin, sino lo honorable de nuestras decisiones.

Lo que sí mantiene esta secuela es la energía, que consigue que los 140 minutos se hagan imperceptibles en medio de todo el despiporre. Claro que no podía esperarse menos de Vaughn, que no ha desaparecido por completo de esta confusa ecuación. Pero es una pena que la saga Kingsman haya transitado tan repentinamente de la chusca elegancia hasta una vulgaridad saturada de chistes rancios y poco originales, de escenas de acción que buscan sorprender por encima de las de su antecesora y de sobradas poco eficaces. También comete el error de desaprovechar la inclusión de los Statesman, los primos americanos de los Kingsman, usándolos como elementos al servicio del guion y gracietas recurrentes cuyos interpretes (exceptuando a Pascal) cumplen la función de cameos. Si hay que quedarse con algo, probablemente sea con la importancia de Elton John en las escenas de acción y con un gloriosamente divertido presidente estadounidense, que roza el mejor de los absurdos que esté menos chiflado que Trump.

La impresión que queda al salir de la sala es la de que Vaughn ha intentado replicar el efecto de la famosa escena de la iglesia de la primera entrega a lo largo de toda esta segunda parte. Se nota la necesidad del director de lograr algo más grande, más molón y más “What the fuck”. Por eso en lugar de estar dirigida por un maestro del cine pulp amante de Bond, parece la película autoconsciente de un brillante adolescente atolondrado con necesidad de aprobación. Solo que el adolescente tiene casi 50 años.


Alejandro Arranz

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