viernes, 12 de octubre de 2018

Crítica de "Venom"

-Entra directamente al cajón del ostracismo en el que se encuentran Elektra y Suicide Squad.

-La primera mala decisión de Tom Hardy desde This Means War.

Sony llevaba tiempo esperando dar salida a los más de 600 personajes de Marvel de los que posee los derechos. Tras el acuerdo con Disney que permitió que viéramos a nuestro vecino lanzatelarañas favorito luchar codo a codo con los Vengadores, la productora ha decidido elaborar a una especie de universo alrededor de Spiderman, pero sin Spiderman; o más bien sin Peter Parker. El debut de ese universo lo protagoniza uno de los villanos más icónicos y despiadados del superhéroe arácnido: Venom. Creado a mediados de los 80 por Todd Macfarlane (Spawn), este gigantesco alienígena solo ha aparecido en pantalla en la olvidable Spiderman 3, y en versión de bolsillo. Su segunda oportunidad llega con esta aventura en solitario dirigida por el irregular Ruben Fleischer y protagonizada por Tom Hardy. La polémica ha rodeado la cinta durante los últimos meses debido a su clasificación por edades (finalmente +13) y las declaraciones del director sobre el personaje. Es el momento, pueden abrir sus brazos y fusionarse con el simbionte.

Pero mejor no lo hagan, porque esta es una de las peores películas de la historia del género superheroico. Así de simple. Es como un parásito que solo deseamos expulsar durante dos interminables horas. Un deslavazado intento de hacer una cinta de los orígenes que nunca sabe hacia donde dirigirse ni entiende en absoluto el carácter de su personaje. Comienza entre lamentables presagios fatalistas y un trivial retrato periodístico para luego convertirse en una estupidez borrosa repleta de diálogos sonrojantes dirigidos a adolescentes mentecatos (“Caminando por la calle como un zurullo al viento”) donde el argumento pasa de excusa a excrecencia. Fleischer y sus guionistas se saltan la lógica, el desarrollo de personajes y la propia narración con una alegría que casi parece osadía planificada, casi. En su lugar ofrecen una especie de turbia comedia romántica (Kelly Marcel viene de escribir 50 sombras de Grey) sobre un tipo de indefinida personalidad con cara de Tom Hardy que se convierte en Bruce Willis mientras se hace amigo de un alienígena devorador de personas que decide salvar el mundo por su recién descubierto amor por el chocolate y las bolas de pollo congeladas. Durante la madurez de esa bonita -y tediosa- relación sin sentido, barnizada con un aspecto visual desechable y unos efectos de la década pasada, asistimos a una de las persecuciones por carretera peor grabadas del cine reciente y a un enfrentamiento final entre simbiontes que espero olvidar cuanto antes.

Venom es inconsistente, absurda y mortalmente aburrida. Las dudas carcomen el poco ADN que tiene la cinta, en la que ni los guionistas ni el director ni por supuesto los ejecutivos de Sony han llegado a comprender al personaje. Puedes mostrar a Venom como un villano o jugar con su faceta de antihéroe extremo y las interesantes ambigüedades que plantea, pero descuartizarlo para crear un ser tan pobre y mal definido no le hace justicia por muy grande que lo hagas en pantalla. A este importante problema hay que sumarle todo lo dicho anteriormente (guion, dirección, montaje, ritmo, efectos, cambios de tono, etc) y lo fuera de su elemento que se encuentran Michelle Williams (pasó a recoger el cheque) y un Tom Hardy que se esfuerza mucho pero en vano. Una pena que el nuevo universo de Sony comience así, con dudas, errores y demasiadas sombras; y en mi lista de peores del 2018.


Alejandro Arranz

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